martes, 23 de octubre de 2018

"¿Porqué hablamos de fantasmas?"

Nos reunimos aquí, al final de lo que Ray Bradbury llamaba "El País de Octubre": un estado que es tanto de la mente como del tiempo. Todas las cosechas han sido recogidas, el suelo está lleno de escarcha, hay niebla en el aire gélido de la noche y es la hora para contar relatos de fantasmas.

Cuando crecía en Inglaterra, Halloween no era época de celebración. Era la noche donde, nos aseguraban, los muertos caminaban, todas las cosas de la noche estaban sueltas y de manera sensible, los niños creíamos esto y permanecíamos en casa; cerrábamos las ventanas, tapiábamos las puertas, escuchábamos a las ramas arañando y golpeando los cristales, temblábamos y estábamos contentos.

Había días que cambiaban todo: cumpleaños, años nuevos y los primeros días de clase, días que nos mostraban que existía un orden para todas las cosas, y que las criaturas de la noche y la imaginación entendían esto tanto como nosotros. La Víspera de Todos los Santos era su fiesta, la noche en que todos cumplían años. Tenían licencia, todos los límites entre los vivos y muertos desaparecían. Y había brujas, porque aunque nunca me dieron miedo los fantasmas, sabía que las brujas esperaban en las sombras. Y comían niños pequeños.

No creía en las brujas, no durante la luz del día. Ni siquiera a media noche. Pero en Halloween, creía en todo. Incluso creía que había un país al otro lado del mar donde, en esa noche, los niños de mi edad salían con disfraces e iban de puerta en puerta; pidiendo dulces y amenazando con hacer bromas. 
Halloween era un secreto en ese entonces. Algo privado. Y permanecía acurrucado dentro de la casa en Halloween, como un niño. Gloriosamente asustado. 

Y hoy, mientras escribo ficción y a veces esas historias se internan en las sombras, me encuentro con que debo explicar a mí mismo ante mis seres queridos y amigos.
¿Porqué escribes historias? ¿Hay un espacio para historias de fantasmas en el siglo XXI?
Como decía Alicia, siempre hay mucho espacio. La tecnología no hace nada para ahuyentar a las sombras del borde de la realidad. La historia de fantasmas aún se mantiene en los límites de la visión, haciendo las cosas más oscuras, extrañas, más mágicas, justo como siempre lo ha  hecho...

Hay un blog que no creo que nadie más lee. Lo encontré por casualidad, buscando otra cosa y algo sobre él, tal vez el tono de la voz, tan simple y sombrío y desesperanzado, llamó mi atención. Lo añadí a mis marcadores.
Si la chica que lo escribía sabiera que alguien la leía, que a alguien le importaba, tal vez no se habría suicidado. Incluso escribió como lo haría, las píldoras, el Nembutal y el Seconal y el resto; que había robado durante meses del baño de su padrastro; la bolsa de plástico, la soledad, y escribía sobre ello de una manera llana y pragmática; explicando que si bien sabía que los intentos de suicidio eran llamadas de auxilio; esta no lo era, porque no quería vivir más.

Contaba los días en torno a ello, y yo seguía leyendo, inseguro de qué hacer; si es que siquiera podía hacer algo. No había información suficiente en la página para identificarla, ni siquiera sabía en qué continente vivía. No había una dirección de correo. Una forma de dejar comentarios. El último mensaje decía simplemente, "Esta noche".
Me pregunté a quién podría decirle, y luego me encogí de hombros, lo mejor que pude. Tragué saliva sabiendo que no había estado a la altura.

Entonces, la chica comenzó a postear de nuevo.
Y decía que tenía frío y estaba sola.
Creo que sabe que sigo leyéndola.

Recuerdo la primera vez que estuve en Nueva York durante Halloween. Un desfile interminable de brujas, espectros, demonios y reinas malvadas, y fue glorioso. Por un momento, fui de nuevo ese niño de siete años y me sentí impresionado. Si hiciéramos esto en Inglaterra, dijo esa parte de mi cabeza que escribe historias; las cosas despertarían. Todas las cosas que queremos ahuyentar cuando hacemos fogatas en la noche de Guy Fawkes. Tal vez lo hacían aquí, porque las cosas que observan no son británicas. Tal vez aquí, los muertos no caminan en Halloween.

Entonces, unos años después me mudé a América y compré una casa que parecía dibujada por Charles Addams en un día donde se sintiera particularmente mórbido. Para Halloween, aprendí a cortar calabazas, atiborrarme de dulces y esperar a que los primeros disfrazados llegaran. Catorce años después, sigo esperando. Tal vez mi casa se ve bastante perturbadora. Tal vez, solo está algo alejada de la ciudad.

Y luego estaba esa mujer que, sonando muy divertida en el contestador automático de su celular, decía que sentía haber sido asesinada, pero que dejáramos un mensaje y ella contestaría en cuanto pudiera.
No fue hasta que leímos las noticias, varios días después, que nos enteramos de que sí había sido asesinada; de forma inexplicable y bastante horrible.
Entonces, sí se contactó de nuevo con quienes le habían dejado un mensaje. Por teléfono, al principio; dejando mensajes de voz que sonaban como los de alguien susurrando en un huracán; sonidos húmedos y ahogados que no se convertían en palabras del todo.
Eventualmente, lo sé, nos llamará para responder nuestros mensajes. 

Y todavía preguntan, ¿porqué cuento relatos de horror? ¿Porqué leerlos o escucharlos? ¿Porqué tomar placer en cuentos que no tienen otro propósito más que asustar de forma confortable?

No lo sé.
No en verdad. Es algo antiguo. Tenemos historias de fantasmas en el antiguo Egipto, en la Biblia, relatos clásicos de la época de Roma (junto con hombres lobo, casos de posesiones demoniacas y por supuesto, una y otra vez, brujas). Nos hemos estado contando relatos del otro mundo, de la vida más allá de la tumba, historias que pican la piel y hacen las sombras más oscuras; pero de manera más importante, nos recuerdan que vivimos y que hay algo especial, único y notable en el hecho de estar vivos.

El miedo es una cosa maravillosa, en dosis pequeñas.
Te montas en un tren fantasma hacia la oscuridad, sabiendo que eventualmente las puertas se abrirán y saldrás a la luz del día una vez más. Es reconfortante saber siempre que al final seguirás ahí, sano y salvo. Que nada extraño ha pasado, no en realidad. Es bueno ser un niño de nuevo por un breve momento, y temer... no a los gobiernos, no a las regulaciones, las infidelidades, los contadores o guerras distantes... temerle a los fantasmas y las cosas que no existen, y que incluso si lo hacen, no pueden herirnos.

Es en esta época del año, la mejor para un embrujo; donde incluso las cosas más prosaicas crean las sombras más perturbadoras. 

Las cosas que nos asustan pueden ser pequeñas: una página web, un mensaje de voz, un artículo en un periódico; quizás escrito por un inglés, recodando Halloweens de hace mucho tiempo y árboles esqueléticos, caminos serpenteantes y oscuridad. Un artículo que contiene fragmentos de historias de fantasmas y que, tan sin sentido como pueden escucharse; nadie más que tú recuerda haber leído, y que simplemente no está ahí la próxima vez que intentes buscarlo.
-Neil Gaiman. 

4 comentarios:

  1. Oh sí, tienes mucha razón Gaiman...
    Es bueno recordar aquellas historias que nos han hecho pensar en más de una ocasión; ¿En verdad paso?, ¿Sólo fue un sueño...? ¿Un sueño lúcido quiza?.
    Una excelente forma de dejar la fría realidad, por la calida sensación de volver a ser un niño... Aunque sea por un momento.

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    1. Por cierto...
      Ya te estaba echando de menos... Quien sea que esté detrás de este blog.

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  2. Me da gusto ver actividad en el blog.

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  3. Buen escrito! Quien sea que esté atrás de este blog:se le echaba de menos

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