miércoles, 7 de diciembre de 2016

Los maniquíes.

Esta historia ocurrió en 1999, no recuerdo exactamente el mes, solo que era una noche tormentosa y fría. En ese tiempo vivía con mis padres en Tranquility, California. Ese día decidí ir de fiesta con algunos amigos en la ciudad de San Joaquín, que está a unos cuatro kilómetros de Tranquility.
Estábamos pasando un buen rato, pero poco después de la medianoche tuve problemas con un tipo que estaba demasiado ebrio y causando problemas. Yo también había bebido demasiado, así que cuando nos separaron, decidí que era tiempo de volver a casa.
Había ido a la fiesta con un amigo mío, pero cuando lo busqué para pedirle que nos fuéramos, me dijeron que se había ido con alguien y sin decir donde había ido o cuando volvería. Bueno, de cualquier modo, no quería quedarme más tiempo y decidí caminar por la autopista que conecta las dos ciudades. Hubo algunos que intentaron persuadirme, diciéndome que era peligroso y que mejor me quedara, pero estaba demasiado ebrio como para hacerles caso.

Recuerdo bien que esa noche hacía un viento frío, y que definitivamente caminar esos cuatro kilómetros no fue la mejor decisión que pude haber tomado esa noche. Pensé que tal vez podría pedir aventón y a lo mejor alguien se detendría para llevarme.
Ya llevaba una tercera parte del camino cuando caí en cuenta de que había cometido un grave error. Debí haberme quedado y esperado a mi amigo. Fue en ese momento cuando vi las luces de un auto viniendo hacia mí, así que levanté el pulgar y esperé, pero el auto siguió de largo. Un par de minutos después, vi otro carro que venía por el camino y volví a hacer el gesto de pedir aventón. Además de que hacía frío, estaba comenzando una tormenta eléctrica y caían rayos por todos lados.
Pero nada. 
Decidí que era suficiente, así que me giré y pensé en regresar a San Joaquín cuando un tercer auto apareció en el camino. Saqué de nuevo el pulgar y por un momento, parecía que el auto pasaría de largo... hasta que se detuvo a unos quince metros de mí. Empecé a caminar hacia él, alegre de que por fin iba a conseguir un camino de vuelta a casa y a quitarme el frío.

Conforme me acercaba al auto, la puerta del conductor se abrió y salió un hombre. Ahí se me heló la sangre: Había algo muy raro en la manera en que salió. Como si sus movimientos fuesen tiesos e incómodos. Iba a decirle algo cuando un relámpago iluminó el cielo y pude verlo con claridad.
¡Se veía como uno de esos maniquís de tienda departamental! Tenía una expresión en blanco, con una ligera sonrisa , y caminaba con mucha dificultad. Iba a echar a correr cuando la puerta del copiloto se abrió y también apareció otra de esas cosas, pero esta era una mujer.  Otro rayo la iluminó, y efectivamente era otro maniquí.

Grité y corrí hacia un campo de maíz al lado de la carretera. Los tallos medían poco más de un metro ochenta de alto, y al parecer no tenía mucho de que los habían regado, porque la superficie era un lodazal que me cubría poco arriba de los tobillos.
Seguí sin detenerme, pese a lo difícil que era correr por el lodo. Al cabo de unos quince minutos, me detuve por un momento para recuperar el aliento. Y escuché el sonido de alguien caminando detrás de mí, agitando los maizales.
Me empezaba a sentir mareado, como si fuera a desmayarme. Recé porque esas cosas no me encontraran si eso pasaba, y permanecí no sé cuanto tiempo agachado y esperando. Escuché más movimiento en los maizales. Esas cosas me seguían buscando. 
Al final, pasó mucho tiempo hasta que escuché el ruido de las puertas de un automóvil cerrándose, seguido por el de un motor y el auto acelerando. Sobra decir que no volví a la carretera, si no que continué por el maizal hasta salir del otro lado. Para entonces me encontraba exhausto, y casi colapsé inconsciente. Esperé a las afueras de una granja hasta que amaneció, y entonces decidí regresar a San Joaquín.

Hasta hoy, pensándolo en retrospectiva, intento convencerme de que era alguien jugando bromas. Una pareja que buscara asustar gente en el camino por diversión. No sé. 
Pero de verdad, espero que así haya sido.
Porque si no, ¿qué eran esas cosas en al auto? ¿De dónde vinieron?
Y, ¿dónde podrán estar?

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