jueves, 17 de diciembre de 2015

Felícitas Sánchez Aguillón - La descuartizadora de la Colonia Roma.

Felícitas Sánchez Aguillón
Felícitas Sanchez Aguillón puede no ser tan conocida como las Poquianchis, la Mataviejitas u otras asesinas seriales mexicanas; pero no por ello sus crímenes cometidos durante la primera mitad del siglo pasado resultan menos crueles.
Al contrario, a diferencia de otras asesinas, los blancos de Sánchez Aguillón no eran ancianas o clientes de prostíbulos y prostitutas; si no niños recién nacidos o nonatos, a quienes ejecutaba por órdenes de las madres que buscaban abortarlos. Este dantesco comportamiento rápidamente le ganó seudónimos como "la trituradora de angelitos" o "la ogresa de la Colonia Roma"; y se dice que llegó a cometer más de cincuenta infanticidios, aunque los rumores apuntan a que debido a las circunstancias en que los cometía; la cifra actual podría ser mucho mayor.

La vida de Felícitas Sánchez.
Nació a finales del siglo XIX en una zona agreste del estado de Veracruz, el pequeño poblado conocido como Cerro Azul; y los detalles de su vida son desconocidos, con excepción de una relación de rechazo por parte de su madre que bien pudo haber sido la causa de su aberrante comportamiento.
Se sabe que era cruel con animales, disfrutando en particular al envenenar perros y gatos callejeros. Más tarde, durante la primera década del siglo XX, Felícitas obtiene el título de enfermera y empieza a laborar como partera en Veracruz; donde al poco tiempo se casa con un hombre pusilánime y sumiso llamado Carlos Conde. De esta relación nacieron dos gemelas que fueron vendidas por la mujer para solventar un poco la mala condición económica que tenían; lo que a Conde no le pareció y lo condujo a divorciarse de ella.
Nunca se supo qué ocurrió con las niñas, aunque Felícitas dijo jamás haber asesinado a alguno de sus hijos.
Felícitas Sánchez era una mujer de apariencia fea, descrita como "una bruja con ojos saltones, gorda, fea y repugnante"; de carácter fuerte, tendencias misántropas y comportamiento desagradable. Pese a ello, llegó a tener varias relaciones a lo largo de su vida, siendo todos estos cómplices de sus crímenes.
Después de separarse de Conde, decidió emigrar hacia la Ciudad de México en 1910; donde se estableció en la calle Salamanca de la Colonia Roma. Ahí rentaba una habitación en un departamento, el cual compartía con una mujer que rara vez estaba en casa. Eso le permitía tener el tiempo y espacio necesario para desempeñarse como partera y más adelante, cometer sus crímenes.
El trabajo de Felícitas era tan bueno que con el tiempo llegó a tener clientes de familias adineradas, lo que llamó la atención de los vecinos del edificio. Otro detalle en particular fue que las cañerías del edificio solían taparse constantemente por alguna razón; situación que Felícitas arregló al contratar a un plomero; y que del departamento llegaba a salir un humo negro muy fétido en alguans ocasiones.
La fama de Felícitas se extendió por la ciudad. Llegó a practicar abortos clandestinos y hacía visitas a domicilio en los barrios de clase más alta de la ciudad; atendiendo a las mujeres sin importar qué tan avanzado estaba el embarazo.
Durante este tiempo comenzó a traficar no solo con los niños que ayudaba a traer al mundo, si no con otros pequeños que eran vendidos por sus padres para salir de problemas económicos. Por este motivo fue detenida en dos ocasiones por intentar vender bebés; pero salió libre bajo fianza en ambas veces.
Con el dinero obtenido por los abortos, consultas y el tráfico de pequeños; Felícitas abrió una tienda que también fungía como clínica clandestina, a la cual llamó "La Quebrada".

La Ogresa.
Periódico narrando los crímenes.
El 8 de abril de 1941, la alcantarilla del edificio donde vivía Felícitas se tapó, lo que llevó al dueño de una tienda de abarrotes en el primer piso a llamar a albañiles que levantaran el piso del negocio para acceder a la claca. Lo que vieron al levantar las losas bastó para helarles la sangre y traumatizarlos de por vida: la alcantarilla se encontraba bloqueada por un tapón fétido compuesto por carne en descomposición, gasas y algodón. Incluso encontraron un pequeño cráneo de bebé flotando entre la porquería.
Felícitas era la única sospechosa debido a la naturaleza de su trabajo. Al catear su departamento, encontraron en su habitación un altar digno de una película de horror: velas, agujas, ropa de bebé, un cráneo humano y fotografías de sus víctimas a manera de trofeos. Felícitas no fue atrapada de inmediato, pues se había dado a la fuga.
Dos días después, el 11 de abril de 1941, el plomero cómplice de la partera fue capturado e interrogado. No fue hasta ese día que se revelaron las circunstancias de los crímenes y la frialdad con que Felícitas ejecutaba a sus víctimas: Solía bañar a los pequeños con agua helada, les negaba el alimento y cuando les daba de comer, no le importaba usar carne y leche caducas. Cuando los asesinaba, usaba toda una variedad de métodos entre los que iban envenenamiento, asfixia, estrangulamiento, desuello o incluso los quemaba vivos. Ya una vez que los niños fallecían, los descuartizaba y arrojaba los restos a las alcantarillas o en depósitos de basura.
El humo negro que salía de su ventana se debía a que en ciertas ocasiones los quemaba para no dejar rastros. 
Felícitas es capturada ese mismo día junto a su amante, apodado "El Güero"; con quien tuvo a una tercera y última hija en 1939. 

Permaneció detenida hasta junio de 1941, siendo aislada del resto de la población del reclusorio; la cual buscaba hacerla pagar por sus crímenes. En este periodo, Felícitas casi perdió la razón; y su comportamiento se transformó en el de, irónicamente, una niña que solo pedía a gritos que la dejaran salir de la cárcel. 
Felícitas salió libre gracias a que su abogado amenazó con revelar la lista de clientes de la mujer; entre los cuales aparecían figuras de la política y el medio artístico. Además de ello, los restos humanos usados como evidencia desaparecieron misteriosamente de los almacenes de la policía. No se le encontró culpable de asesinato; solo se le achacaron los cargos de aborto, inhumación ilegal de restos humanos, delitos contra la salud pública y negligencia médica; que fueron suficientes para que pudiera salir bajo fianza.
El ex-esposo de Felícitas, Carlos Conde, cubrió la fianza de seiscientos pesos; que en el día actual equivaldrían a casi seiscientos mil (cerca de cincuenta mil dólares).

Últimos días y muerte.
Pese a salir libre, todo el estilo de vida que había disfrutado en los últimos años se fue por el drenaje. La opinión pública la repudiaba, sus vecinos la atacaban y sus clientes jamás volvieron a verla. Sabiendo que había perdido todo, el 16 de junio se suicidó tomando una sobredosis de Nembutal durante la madrugada.
Se sabe que su hija quedó bajo la tutela del estado y creció hasta convertirse en una persona normal.

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