lunes, 2 de noviembre de 2015

El Chan.

En el pueblo de Apaseo el Alto, en el estado mexicano de Guanajuato, existe un gran número de manantiales en la zona conocida como la Cañada. De estos cuerpos de agua existe uno particularmente abundante, de aguas cristalinas y donde en la época prehispánica se realizaban ofrendas a los múltiples dioses de los pueblos nativos de México.
Con la conquista española y la subsecuente expansión de los colonos, se creó un canal conocido como "El Tajo" con el fin de explotar los manantiales, y ese en particular. La expansión y el crecimiento de la población trajo una mayor necesidad de agua; lo que llevó a la contaminación, el saqueo y la exploración de los innumerables lagos, manantiales y ríos de las montañas guanajuatenses.
Y fue ahí que empezó la leyenda del Chan.

A finales del siglo XIX, un grupo de aventureros que buscaba explorar la caverna desapareció sin dejar rastro alguno. Se decía que la cueva era infinita, que los ríos jalaban a aquel lo suficientemente tonto como para intentar nadar en ellos, y que las desapariciones se debían a un misterioso ser que devoraba a los humanos.
La identidad de la bestia, que fue conocida como "El Chan" varía dependiendo de quien la cuente. Un gigantesco pez, un demonio marino, un ser similar a un sátiro, un pez monstruoso con rasgos de puerco, una serpiente e incluso un aterrador hombre lagarto... todas esas suposiciones fueron dadas por quienes supuestamente habían visto al Chan. Pero la verdad era que nadie lo había visto de cerca.

Cuenta una historia que en una ocasión, un trío de amigos borrachos se decidieron a espiar a la bestia durante la noche. Envalentonados por el alcohol en sus venas, esperaron varias noches hasta que por fin lo vieron.
Pero lo más sorprendente era que cada uno decía que el Chan tenía una apariencia distinta: El primero decía que era un ser similar a un macho cabrío, otro que era un humano peludo y con tentáculos, mientras que el último mencionaba que era un demonio similar a un macho cabrío.

Con el tiempo, el problema de la escasez de agua y las desapariciones relacionadas con el Chan se intensificaron. Se decía que el Chan no devoraba a los hombres solo porque sí. Se creía que solo castigaba a quienes iban al manantial sagrado para obrar mal, a los que sacrificaban animales y a todos los que contaminaban el agua.
Al final, fue un sacerdote quien se decidió de una vez por todas a acabar con el monstruoso demonio del agua. Rezó el Ave María y la Magnificat, y arrojó agua bendita a la caverna para intentar romper el embrujo. Al hacerlo, explotó una tormenta eléctrica sobrenatural; como si la tierra misma se quejara del acto cometido.
Pero el sacerdote continuó, y los frutos de su labor se vieron con el tiempo. El agua de la caverna comenzó a secarse, hasta que un día, el Tajo y el manantial subterráneo se secaron. Aquí la leyenda se torna más misteriosa, pues se dice que un grupo de muchachos encontraron el cuerpo del Chan en medio del lodo y las plantas acuáticas en descomposición; y que el cadáver de la bestia fue comprada por un personaje apócrifo.

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