sábado, 16 de noviembre de 2013

Los fantasmas del palacio negro.

El palacio de Lecumberri.
En el corazón de la Ciudad de México se localiza el Palacio de Lecumberri, también conocido como "El Palacio Negro"; un ominoso edificio que antiguamente fue una penitenciaría inaugurada en el año de 1900 por el entonces presidente Porfirio Díaz. El edificio sirvió como cárcel hasta el año de 1976, y llegó a contar con hasta 3800 internos distribuidos a lo largo de 804 celdas; y entre los cuales se encuentran personajes conocidos como el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky; José Revueltas, el compositor mexicano Juan Gabriel y el escritor William Burroughs.
Lecumberri fue la prisión más temida del país; y no era raro saber de torturas, violaciones, asesinatos y abortos en el interior de ella; debido a que en algún momento funcionó como una cárcel mixta.
En la actualidad, el palacio negro es sede del Archivo General de la Nación; pero su oscuro pasado aún resuena en la infinidad de historias de horror sobre encuentros con espectros de los tal vez cientos de muertos en el interior de sus paredes.
La torre de vigilancia central.
En el interior de la sombría construcción se habla de eventos paranormales que van desde sombras y figuras fantasmales merodeando los pasillos, espíritus chocarreros, gritos e incluso el llanto de un bebé; hasta la imagen de un anciano que aparece cargando archivos bajo el brazo, solo para desvanecerse cuando se intenta hablar con él; un médico fantasma que interrumpe a los guardias durante la noche en busca de un empleado inexistente; la aterradora aparición de un preso ahorcado, el cual se manifiesta colgado de una cuerda hecha con cobijas; e inclusive un charro negro que deambula en el auditorio, siempre acompañado de gritos, lamentos y chillidos infernales.
Pero la más espeluznante (y conmovedora a la vez) historia es la de un fantasma conocido como Don Jacinto, la cual es narrada por un antiguo trabajador del lugar:

"Era una noche común, casi como cualquier otra,. Yo estaba terminando de limpiar las oficinas de la recepción que era la que siempre dejaba al último de cada pesado día de trabajo., porque siempre era también, el último lugar en el que la gente que trabajaba allí, pasaba los últimos momentos de su jornada.
Levante unas pequeñas basuras que quedaban en el piso y pase el trapo para limpiar el suelo por todo el lugar, para después llevar todas mis herramientas de trabajo a una pequeña bodega donde guardo mis cosas.
La bodeguita estaba al final de un pasillo largo, se podía escuchar el eco con cada sonido que emergía del silencio, no era la primera vez que pasaba por ese lugar y sin embargo, no me había podido familiarizar con los escalofríos que sentía cada vez.
Esa sensación se hacía más fuerte cada día que pasaba. Esa noche, había terminado más tarde que de costumbre, cuando comencé a caminar por el largo corredor, escuche un largo suspiro, que la verdad, me hizo saltar del susto, pero por más que giré la cabeza para ver si había alguien, no pude ver nada, me quedé sugestionado y no pude estar en calma de ahí en adelante, solo salí y me fui a mi casa a descansar.
Jamás, en los 3 años que llevaba trabajando allí, había escuchado algo así, aunque los compañeros que tienen más tiempo, me decían siempre y con mucha certeza de que en el palacio, espantaban.
Los siguientes días, seguí escuchando los suspiros, pero no me sentía con la confianza de contárselo a alguien, ni a mi familia ni a mis compañeros de trabajo, quizás por que sabía que se burlarían o porque finalmente, alguno de ellos me estaría gastando la broma. Quizás también podrían decir que me estaba volviendo loco y hasta me podrían correr, perder el trabajo era un lujo que nunca he podido tener y en ese momento ni lo deseaba, una semana después de que escuché el primer suspiro, me llevaría el peor susto de mi vida, trabajaba en el turno nocturno.
Al caminar por el corredor sin mucha luz, escuché el suspiro nuevamente y rápidamente me volví sobre mis pasos: Había un hombre sentado en la silla de la recepción, al caminar hacie él, vi su rostro demacrado, mi corazón sintió una opresión y el estómago me dio vueltas, un temblor se apoderó de todo mi cuerpo y mis rodillas se negaban a flexionarse para dar el siguiente paso, sin embargo seguí, a pesar de que podría desmayarme en cualquier momento, a pasos muy lentos, me fui acercando al extraño personaje.
Quien es usted?  Cómo entró aqui? Que desea? preguntaba mientras el miedo se apoderaba también de mi voz y me hacía tartamudear y hablar muy quedito.
Aquel hombre me clavó una mirada muy triste y suspiró, con indiferencia agachó la cabeza y se encorvó un poco, volvió a suspirar.
No vino o tra vez, me dijo en tono hastiado
No vino quien? Le pregunte
Amalia ... No vino Amalia, No la ha visto usted?
La curiosidad pudo más que mi miedo y me atreví a preguntar: Quien es Amalia? Trabaja Aquí?
Amalia es mi esposa.
Como en una película que has visto por segunda o tercera vez, me comencé a dar cuenta de ciertos detalles: llevaba un uniforme gris, sucio, gastado. Era un uniforme antiguo, quizás de 1940,  no parecía ser un ente sobrenatural, solo un viejo hombre, triste, cansado y solitario.
Por que está usted aquí a estas horas? Ya se han ido todos. Voltee un instante para poner en el suelo una cubeta que traía en la mano al mismo tiempo que recargaba el trapeador en la pared, mientras intenté hacerle otra pregunta: Trabaja usted a ...?
Al volver la vista ya no estaba. Sentí, ahora sí de a de veras, que me iba a desmayar, me tuve que apoyar en la pared para no perder el equilibrio, mientras revisaba con la mirada, cada rincón de la recepción. Aquel hombre se había esfumado, sin hacer ruido, inexplicablemente, sin haber cruzado por alguna puerta cercana yo estaba en el acceso más próximo y era tan largo que es imposible que hubiera pasado corriendo sin que yo lo hubiera visto.
Sin embargo, corrí a las puertas que estaban en la recepción, confirmando que estaban todas cerradas con llave y candados, gruesos candados. Aunque hubiera tenido llaves, no hubiera sido posible que tan delgado y tan enfermo como se veía, hubiese sido tan rápido como para abrir el candado y la chapa y aunque así hubiera sido, Cómo diablos volvió a cerrar los candados por dentro!?
Después de esa ocasión, nunca fue más difícil volver a trabajar en el turno nocturno, la sugestión y mi miedo, me jugaban muy malas pasadas a menudo y comencé a enfermarme de los nervios. Las sombras parecían cobrar vida y el frío de las paredes de la penitenciaría me provocaba un extraño sudor que corría desde mi nuca y a lo largo de la espalda. No obstante, pasaron varios días sin que algún incidente similar al anterior me sorprendiera.
Una noche no pude más y le pedía a martita -la señora que tenía copia de las llaves donde se guardan los registros- que me diera acceso a esos papeles, contándole por supuesto la historia que estaba viviendo.
Después de buscar por más de 3 horas en los viejos archivos, vi su fotografía, era él, se llamaba Jacinto y a grandes rasgos les contaré su triste historia: Le apodaban el venado porque su esposa le había engañado con su compadre y le habían puesto el cuerno, además lo venadearon. El compadre y la esposa infiel planearon un robo y un asesinato, ellos robaron y mataron a una señora muy rica que había contratado a Jacinto para que trabajara en su casa como albañil. Al darse cuenta de que esa señora tenía mucho dinero, entraron a la casa usando el juego de llaves de Jacinto y después de robar joyas y cosas de valor, le encajaron un martillo, tomado de la herramienta de Jacinto- en la cabeza no una, sino varias veces.
En un largo juicio, la esposa atestiguo contra Jacinto alegando que había planeado todo, El vendo no quiso que su esposa fuera a la cárcel, así que aceptó los cargos, con la falsa promesa de Amalia de amor eterno.
Cada viernes, Jacinto esperó la visita de su mujer, pero nunca más la volvió a ver. Solo dos meses estuvo preso Jacinto pues el último viernes que esperó a Amalia sin éxito, se quitó la vida, colgándose del barandal del segundo piso del pabellón cuatro.
Al regresar, ya de madrugada a la recepción y después de tomar un cafecito con martita, al caminar por el pasillo que era bañado por un solo amarillento foco de 40 watts, vi a Jacinto en la silla, esperando a Amalia.
Me acerqué lentamente y con temor, pero sin miedo me senté a su lado, el me vio con su mirada triste y me volvió a preguntar por Amalia. Amalia ha muerto, le dije casi en forma automática. El volteó a verme pude ver sus ojos de cerca, ahora sé que la expresión triste era dada por la forma de sus cejas y su frente, pues No tenía ojos!!.
Levantó la vista hacia el cielo y sus brazos se abrieron para después ponerlos en el respaldo de la silla, yo me caí pues con su movimiento, instintivamente me eché para atrás, Su boca se fue abriendo mientras un grito espeluznante salió de su garganta formando un horrendo NOOOOOOOO.
Su cuerpo se empezó a hacer como de humo gris y lo comencé a perder de vista, se empezó a esparcir por la habitación y un olor terrible inundó la pequeña oficina, en ese momento el pequeño foco del corredor explotó y me quedé casi a oscuras, iluminado por las torretas de las torres de vigilancia y quizás, no lo recuerdo bien, por alguna linterna de los guardias que pasan haciendo sus rondas.
Esa fue la última vez que vi a Jacinto, después de un mes me ofrecieron un trabajo como intendente en Palacio de Gobierno y salí de las frías paredes de Lecumberri para siempre, pero nunca olvidaré que en mi estadía, conocí a un fantasma que creía estar vivo y su única esperanza para continuar entre nosotros, era volver a ver a Amalia."
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